CERTÁMENES NACIONALES "VILLA DE AZUQUECA 2002"

EN AZUQUECA, LA CULTURA SÍ OCUPA LUGAR
CERTAMENES NACIONALES "VILLA AZUQUECA 2002"
XVIII CERTAMEN NACIONAL DE POESIA "VILLA DE AZUQUECA 2002"
XVIII CERTAMEN NACIONAL DE NARRATIVA LITERARIA "VILLA DE AZUQUECA 2002"
XXIII CERTAMEN NACIONAL DE FOTOGRAFIA


XVIII CERTAMEN NACIONAL DE NARRATIVA LITERARIA "VILLA DE AZUQUECA 2002"

LA INCREÍBLE HISTORIA DE UNA BODA SECRETA

Por la empinada cuesta del Carril de la Ánimas subía el rumor lejano de los últimos cencerros desperdigados. Eran ráfagas sueltas y residuales de una noche infame de farra. Desde la melancólica puesta del sol del martes veintinueve de septiembre hasta que dejaron de cantar los gallos del alba del miércoles día treinta, los bufones y malandrines de Alhazar, de los que hay fértil cosecha en la aldea, mantuvieron en vilo y en vela al probo vecindario. La boda secreta de la jovencísima viuda Circe Jasón con el Fiscal Jefe de la Audiencia Provincial don Fidel Monje Bazán había sido cautelarmente fijada para las cinco de la mañana del martes día treinta de septiembre. Los mozos del campo y plaza de la aldehuela, ilotas desaprensivos de una tradición estúpida y contumaz de cien generaciones, se aliaron para cantar vísperas solemnes a los novios con una cencerrada de tronío durante la noche anterior a la boda. Era tan sólo el primer eslabón de una larga cadena de afrentas, de pesadumbres y de improperios que perturbaron en demasía la mesurada pompa de una boda secreta. El enlace matrimonial se iba a celebrar en secreto gracias a una concesión benignísima del Papa de Roma, cuyo estipendio, según los aranceles canónicos en vigor, sería destinado a enjugar los números rojos de la cuenta vaticana en el Banco Ambrosiano.
Dentro de la iglesuca de Alhazar no cabía ya un alfiler. De nada habían servido las precauciones del cura, don Juan Peña Verín, el cual, para evitar los dimes y diretes de los deslenguados y procaces vecinos de la aldea, había elevado el secreto de la boda a la categoría también canónica de sigilo sacramental. Ineficaz había sido la omisión permisiva de las proclamas o amonestaciones, autorizada por un Breve Pontificio de quince renglones, firmado, sellado y rubricado por el Emmo. Señor Cardenal Prefecto de la Sagrada Congregación para la Defensa del Vínculo Matrimonial. Igualmente inoperante había sido el telegrama expedido desde la secretaría de Estado de la Santa Sede para augurar venturosa vida a los contrayentes y conceder cien días de verdadera indulgencia a quienes, rectamente confesados y comulgados, compartieran con ellos la gozosa liturgia del rito nupcial.
Las puertas del templo tuvieron que ser abiertas de par en par a las cuatro y cuarto de la mañana del día treinta ante el temor de que la jauría enrabietada de los genízaros desenfundase el hacha de guerra y, jaleada por los rayos de Júpiter, acabara por derribarlas sin contemplaciones. Las mujeres alhazareñas quedaron boquiabiertas al cruzar la puerta de la cancela de la iglesia: El altar mayor era un ascua. Una cascada fastuosa de luces y flores cubría las exacerbadas filigranas del retablo manierista. El rostro de porcelana del santo patriarca Job, patrono de la villa, asomaba con gesto de asombro entre los pétalos blanquísimos de los nardos, de las azucenas y gladiolos que, a modo de guirnalda, orlaban la hornacina principal. A uno y otro lado del altar mayor emergían dos ánforas etruscas de cuello de cisne y de color bermellón, traídas por vía aérea desde el País de la Mañana en Calma para sustentar sobre sendas columnas estriadas las dos descomunales brazadas de orquídeas, enviadas exprofeso, también por vía aérea, desde la ciudad de Cali para el enlace de don Fidel Monje y la viuda doña Circe.
Tiberio Bacante Caos, también conocido por el apodo de Zumaque, detuvo su "Dos Caballos" al pie de la escalinata de la iglesia vieja de Alhazar. Faltaban no más de seis minutos para las seis de la mañana de aquel tormentoso treinta de septiembre. El gris marengo de los nubarrones que cubrían sin fisuras la inmensa bóveda del cielo y el viento racheado que silbaba por las esquinas de la plaza, confirmaron el pronóstico feroz del hombre del tiempo: "Una tormenta de granizo con viento huracanado se abatirá como un castigo del cielo en los confines del Charán en las próximas cuarenta y ocho horas. Se darán unas piedras contra otras y se vendrá abajo la fábrica del firmamento con truenos, relámpagos, llantos y exhalaciones". Más que la voz del hombre del tiempo, su anuncio parecía la algarabía trompetera que derribó las murallas de Jericó. Asustado por el pronóstico y requerido por los vecinos más crédulos, el cura de Alhazar había conjurado las nubes la víspera de la boda siguiendo al pie de la letra la indicación del Pontificale Romanum. Según la versión más benévola fue la espesura de los nubarrones la que cerró el paso a las plegarias del cura en su ascensión penitencial hacia el trono del Altísimo.
El vaticinio del hombre del tiempo se quedó corto. Bacante Caos dio un portazo al salir del coche. En aquel instante la cólera de Júpiter tonante y fulgurante cerró filas con Eolo, señor de los vientos, descorrió la cremallera del olimpo y vació sobre la aldea una tormenta apocalíptica de truenos, de culebrinas y de sapos de espuelas como jamás habían registrado los cronicones de la villa desde que fuera fundada por las legiones de Marco Licinio Craso el año 315 de la era cristiana sobre las ruinas de un antiguo poblado fenicio.
Tiberio Bacante Caos, el padrino de la boda, se aupó el cuello de la gabardina por encima del colodrillo y de las orejas para esquivar la pedrea, subió a trompicones los tres peldaños y rozó con sus labios las mejillas de Circe. Las lágrimas tempranas de la novia se diluyeron en los arroyuelos de agua que serpenteaban por la cara de Tiberio; abrazó éste a su compadre de la fiscalía, saludó a todos los parientes y vinientes que, malhumorados por el desplante tiberiano, le plantaron cara y le afearon su tardanza. Ipso facto Tiberio puso los brazos en cruz como el Cristo del Pan de Azúcar, hincóse de rodillas en el frío mármol brocatel de peldaño de acceso al templo parroquial y exclamó:
-¡Pido perdón al cielo y comprensión a vosotros por mi tardanza! Seis veces he pinchado durante el camino: Primero, en Socovos, después en Las Lomas del Sabinar, más tarde en el Carajal ...
-Abrevia la letanía, Tiberio -dijo el novio- y pasemos al interior del templo, que aún habremos de soportar la del reverendo Peña.
Y sin caer en la cuenta del numen profético de sus palabras, sentenció el ministerio fiscal:
-Una mala noche la tiene cualquiera.
La comitiva pasó al interior del templo. Ovidio Linceo, el organista sordo, contratado a regateo para la liturgia nupcial al precio de cinco euros por cada cien mil corcheas que fluyeran con nitidez, hundió enérgicamente las falanges de sus dedos en el teclado y arrancó los primeros compases del desconcierto: Del renqueante armonio de la iglesia alhazareña brotaron, solemnes y lúgubres, como chorro flácido de un surtidor moribundo, las primeras notas del "Réquiem" de Mozart. Nadie, ni siquiera el reverendo Peña Verín, se percató de la venganza musical de Ovidio Linceo, que se resistió a dejar para las últimas boqueadas de la ceremonia el castigo de los novios por el mísero precio asignado a su alta y noble función de tañedor nupcial.
Todo el mundo se puso de pie con las primeras notas de Mozart. Las miradas de miles de ojos confluyeron en la sonrisa mustia de los novios. La novia, Circe Jasón, a pesar de su viudez y en contra de la tradición, lucía un precioso vestido de raso de color salmón y un amplísimo velo de organdí que, en asimétrico vuelo, se desplegaba sobre los cambios de rasante de su opulenta anatomía. En el dobladillo inferior del vestido de la novia podían verse algunas briznas plebeyas de alfalfa seca que se le había adherido durante el corto trayecto de la casa al templo. De acuerdo con la usanza cruel de milenios, la plaza del pueblo había sido alfombrada de verde y mullida hierba por los siervos infames de la santa tradición. A través del velo se desvelaba la triste sonrisa de la viuda. El señor Fiscal Jefe de la Audiencia Provincial, erguido como un capitán de lanceros, con los párpados a media asta, las manos cruzadas sobre el desfiladero escrotal, la sonrisa lánguida y el mentón alzado como la quilla de una góndola veneciana, avanzaba cogido del brazo por su inminente suegra con el gesto patibulario de los condenados a galeras.
El cura párroco, el octogenario Juan Peña Verín, precedido de treinta y seis monaguillos, vestidos con sotana roja y esclavina de armiño, salió de la sacristía bufando, contuvo su enojo por el retraso, dulcificó la mirada, hizo una reverencia al Santo Job, se volvió de cara a los tórtolos, esbozó con sus labios leporinos una mueca igual a la sonrisa de los dromedarios saharianos, abrió el libro ceremonial por las páginas nupciales, se santiguó con empaque abacial de un provecto patriarca moscovita y, sacando del fondo del armario su voz cascada de asmático irredento, comenzó:
-Hermanos: En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.
-Amén -respondieron a coro los asistentes.
Al conjuro del amén reventó un trueno jupiteriano sobre la cúpula del templo, jipiaron los goznes de las puertas, vibraron los doce rosetones de las vidrieras decimonónicas, temblaron los pétalos de las flores del altar mayor, rodaron por el suelo los pensamientos de Circe Jasón, parpadearon las luces del altar mayor, se quebró una de las ánforas etruscas del País de la Mañana en Calma y el ánimo de los feligreses quedó desarbolado por un vendaval de espanto. ¡Santo Cielo! El badajo de la vieja campana, acosado por el soplo insolente del hijo de Zeus, dio en repicar el bronce dormido sin partitura y sin gobernalle. Las campanadas, graves, arrítmicas y solemnes, perforaron el silencio esquivo de la campiña como el aullido sincopado de un lobo estepario azuzado por la gazuza.
Las doce lámparas de siete brazos, pendientes de cada una de las doce pilastras de la nave central del templo, se desprendieron de sus alcayatas y se desparramaron como nube de lágrimas congeladas sobre la feligresía, causando magulladuras y heridas de pronóstico leve a ciento veinte y cuatro personas. Wolfgang A. Mozart enmudeció de espanto. Ovidio Linceo, el organista sordo y malpagado, sucumbió al oleaje visceral de la ira y maldijo a las tiemblas que imponían silencio a las corcheas de baratillo. La oscuridad se adueñó del recinto sacro. Las lamentaciones subieron de tono. El transformador del Carrill de Juanele había sido alcanzado por un rayo y la ínclita y serrana villa de Alhazar quedó convertida en un tenebroso suburbio de la Atlántida, devorada por la negrura abismal de la mar océana. El trémulo resplandor de los cirios dibujaba sobre los muros encalados del templo sombras fantasmagóricas y cambiantes.
El reverendo Peña se alumbró con la mísera luz de una palmatoria. Prosiguió la ceremonia litúrgica. Todo estaba atado y bien atado. Sirvieron de arras once monedas de dos euros, arrancadas a la solidaridad de la concurrencia por los monacillos. Tiberio Bacante, el padrino, había dejado olvidadas en su taquillón del camposanto árabe de Montefrío las monedas de plata dorada, destinadas a sellar con su tintineo el compromiso nupcial de la joven Circe con el señor Fiscal Jefe de la Audiencia Provincial. Tampoco trajo consigo las alianzas de oro, fraguadas a la medida del respectivo dedo anular de los novios por un polígamo orfebre turco afincado en Cantarranas, con la fecha de la boda y con los nombres de los cónyuges grabados en su cara interior por un pendolista inglés. Menos mal que el cura, alertado por sus cuarenta años y pico de brega pastoral en Murtaseca, en La Peña del Sabinar y en la Garapacha, guardaba en la sacristía dos anillos de diámetro estándar, bañados en oro de primerísima calidad, para eventuales situaciones de emergencia. Todo estaba atado y bien atado.
La ceremonia fue una cadena de sobresaltos. Aconsejado por el sanedrín de los dos únicos hombres buenos de su parroquia, don Juan Peña había pergeñado un sermón comedido y breve. Peña Verín, además de ser un predicador sin clase y sin reloj, tenía la costumbre, mientras enjaretaba el sermón, de mover las manos como el que canta las cuarenta en bastos siempre que por su boca salían en tropel los anatemas altamente imprecatorios contra los maridos adúlteros, contra los sodomitas, contra las víctimas irredentas del pecado solitario y contra los clientes (asalariados o no asalariados) del súcubo Belcebú.
Apenas iniciada la homilía del cura, Tiberio Bacante se sintió mal, se llevó las palmas de las manos al vientre, doblóse sobre sí mismo, alzóse de su silla de terciopelo rojo de estilo rococó, cruzó el presbiterio, entró en la sacristía y, con el rostro lívido y desencajado y los andares propios de un ñu mordido por un guepardo en las laderas del Serengheti Plain, subió por la escalera de caracol a la casa rectoral en busca del cuarto de las miserias humanas. Más tarde le contaría al médico del Alhazar que las dos docenas de huevos escalfados que había sorbido como aperitivo cautelar de la cena en Bogarra, se habían instalado en el hondón de su estómago de pregonero como la visita imprevista de un inspector de Hacienda a un abogaducho de secano sin facturas y sin blanca.
La silla de Tiberio permaneció vacía hasta el fin de la misa. Acabada ésta, después de firmar como testigos sobre las cajoneras de la sacristía, los dos hermanos de Circe Jasón, Tito Livio y Vespasiano, acudieron a la casa cural en misión de rescate. Fue preciso tumbar la puerta del mingitorio para rescatar a Zumaque. ¡Oh, miserables respiraderos de nuestro cuerpo mortal! Tiberio yacía pálido, sin sentido, desnudo de cintura para abajo, como una cucaña empotrada entre la taza del inodoro y el bidé, con la pierna izquierda doblada bajo la nalga del mismo lado, la pierna derecha trabada con la cadena de la cisterna y todo su cuerpo serrano irisado por sutiles efluvios almizcleños, capaces de poner en situación de alerta roja a las narices escuderiles de Sancho Panza. El gurruño inguinal colgaba de la entrepierna como cuelga de la rama un nido de oropéndolas con los huevecillos dentro. El corazón seguía latiendo, mas el ritmo lejano de sus latidos era el ritmo rumoroso y cansino de un corazón en ruinas. La mirada de Tito Livio quedó fija en el suave balanceo del nido de oropéndolas, balanceo tan leve que apenas era perceptible por el ojo cercano y subyacente del padrino. Tiberio, aprisionado entre cadenas y aparatos sanitarios, sin fuerza en las manos para tapar sus vergüenzas, se quejaba con su voz lejana de monjita agonizante:
¡Ay, Vespasiano...! ¡Ay, Tito Livio...! ¡Me muero...! ¡Me muero...! ¡Llamad a un sacerdote por caridad cristiana, llamad a don Juan, que quiero confesarme...!
El libre albedrío de Tiberio Zumaque, amordazado por el desvanecimiento y demolido por la venganza del aperitivo escalfado, fue incapaz de contener la deflagración de una ristra de ventosidades, pedregosas y fétidas como un drenaje visceral y sulfuroso que parecía la descarga festiva de una traca de feria. El estampido floreado de la correncia tumbó a los piadosos hermanos Tito Livio y Vespasiano. El redoble de la eclosión escatológica retumbó en la casa cural como un castillo de fuegos artificiales, extemporáneo y a todas luces injusto y prematuro, en honor a los contrayentes.
El piscolabis nupcial fue servido en los Salones Medea de Monteagudo. Era el peor restaurante de toda la comarca, no sólo por la mezquindad del condumio y por la alargada fila de dígitos de su albarán, sino también y sobre todo por aquel extraño modo de aliñar el cochinillo asado con tomillo traído de Las Alpujarras, por el falso clarete de Oporto y por aquellas orondas morcillas burgalesas de arroz sin ajo y sin cebolla que dos veces al año le remitía a reembolso, por Seúr, la madre abadesa del Real Monasterio de Las Huelgas de la Muy Noble y Muy Más Leal Ciudad de Burgos.
El edificio activo de los Salones Medea había sido soñado y diseñado por un mago italiano llamado Giuseppe M. della Francesa, que allá por los negros albores del siglo XII, en romería penitencial hacia Santiago de Compostela, había perdido la brújula y había venido a dar con sus huesos y sus llagas en las cercanías de Barranda, ataviado con la estameña de anacoreta, recitando romances palermitanos con los milagros de San Nicolás de Bari, vendiendo pócimas de elixir amoroso para los proscritos de Eros, tacitas de ungüento amarillo para el dolor de riñones y asperjando con gotas de jarabe escocés (para los ahogos del cólico miserere) a cuantos hacían la merced de un óbolo, recompensado, según decía el mago Giuseppe, con trescientos días de verdadera indulgencia, pagaderos después del RIP.
El edificio de los Salones Medea alzaba su mole sobre la cima de una colina rocosa del cuaternario inferior, ubicada a legua y media de Alhazar. Estaba todo él pintado de albayalde, presidido por un torreón de almenas desdentadas, plagado de avispas negras, y minado en su propia base por las laberínticas galerías del comején sabanero. El conjunto arquitectónico, visto y estudiado desde la Cresta del Gallo, ofrecía la visión engañosa de una mezquita sarracena. A sus pies se extendían hileras de chumberas y de cactos mejicanos, alineados en campo abierto para las crisis de emergencia escatológica, que un día sí y al otro también provocaba la intoxicación masiva de la clientela. En los jardines interiores de Salones Medea, entre graciosos surtidores de agua, iluminados por farolas semituertas y bordeados de parterres engalanados de buganvillas y de claveles trasplantados de los invernaderos de Puerto Lumbreras, se alzaban tamarindos de Boyacá, guayabos cubanos de Sancti Spiritus, palmeras bravas de Belice, ceibas de Guatemala, naranjos de la China y sicomoros bordes de Tel Aviv.
En las invitaciones de boda, impresas en grana y oro con graciosos tipos góticos en una imprenta de Santa Marta sobre lágrimas finas de corcho nigeriano, se advertía a los invitados que el piscolabis daría comienzo a las nueve y cuarto de la noche. Se rogaba puntualidad. Eran ya las once y media. El populacho seguía despellejando a la novia y compadeciendo al novio, o viceversa, bajo los soportales de la arcada mudéjar, a la luz indulgente y escasa de la luna, esperando contra toda esperanza que regresara la luz eléctrica para acceder al rancho. En la terraza contigua, la que mira hacia las termas agarenas de Benízar, sobre una tosca tarima de madera de pino albar, varios instrumentos musicales, cubiertos por una lona de caucho peruano, suspiraban también por que la corriente eléctrica les devolviera un soplo de vida. Sólo el arpa y sus arpegios habían sido puestos a buen recaudo y gozaban de paz junto a la mesa de los cónyuges, esperando que el llanto del agua cesara ("¡Cuánta nota dormía en sus cuerdas, como Circe dormía en su cama, esperando la noche de bodas que nunca llegaba!")
Serían las once y pico de la noche cuando, sin previo aviso, se encendieron de repente las luces de los Salones Medea. Las palmas y los gritos dieron la bienvenida a los chorros de luz. Suspiró de alivio Circe, la novia. Respiró Fidel, el novio, y rió y sonrió con sarcasmo toda la cohorte.
-¡Bendito sea Dios!- dijo, exhalando un hondo suspiro el maitre.
Los veinte camareros se situaron en posición de combate. Todos vestían pantalón negro con rayitas blancas como embajadores de quién sabe cuáles arpías helénicas, una alba camisa con florida pechera de tafetán rizado y graciosa pajarita azul. Los invitados, sin esperar el toque de fajina, formaron un batallón a la puerta del comedor, inicuamente llamado "El salón de La Ictericia" ("morbus regius") como homenaje póstumo al tatarabuelo del propietario del restaurante, cuya alma pasó de este mundo al otro en las postrimerías del siglo XV, víctima de esta enfermedad. Bacante apareció con vida a las puertas de los Salones Medea muy cerca ya de la media noche. Brindósele el recibimiento propio de un cid medieval. La intensidad de los aplausos hizo llorar lágrimas de cristal a las lámparas del techo. Los vasos y las copas, en homenaje y agradecimiento a tan ilustre huésped, tintinearon como tintinean las campanillas de planta nativa.
-¡¡Viva el padrino...!! -barritaron los comensales.
Podía captarse aún el eco de los vivas de la chiquillería cuando se produjo un nuevo apagón. El dueño del restaurante, Néstor Odiseo, intentó calmar las miradas iracundas de la clientela. Puesto de pie sobre la tarima, con los brazos en jarras, Néstor imploró silencio y paciencia a la clientela. La respuesta de la manada fue un enrabietado desconcierto de cucharas y de tenedores que golpearon a toda furia cristales y porcelanas con el tesón de los antiguos tundidores de paños palentinos. Los veinte camareros, a la voz de ¡ya! De Néstor Odiseo, distribuyeron velas, velones y candiles por las mesas. Tres mozarrones de corazón pétreo y voz gangosa, domiciliados en Las Peñas de los Gitanos y comensales de gorra, entonaron por sorpresa la estrofa del tango "...y todo a media luz, a media luz los dos...".
Los músicos, sentados, soñolientos, los brazos cruzados sobre una mesa solitaria, miraban desolados cómo los goterones de las canaleras percutían con sarcasmo la lona verde de caucho peruano que protegía los instrumentos de percusión. El arpista, vestido con galas de los pingüinos patagónicos, se había acurrucado detrás de un biombo japonés, decorado con dragones rampantes y un piquete de siete samurais que, blandiendo catanas de Kawaguchi, intentaban ablandar el corazón de otras tantas gheisas ojerosas, pintarrajeadas todas ellas de talco y colorete.
Tiberio tomó asiento a la derecha de la novia, junto al taciturno padre de Fidel Monje, don Alcibíales F. Monje Faetón, cagatintas del Registro de la Propiedad número trece de Santa Cruz de Tenerife. Frente al padrino ocupaba asiento una tía suya, llamada Agripina T. Quimera, ama de leche que tiempo atrás fue de Circe Jasón, y ahora presidenta emérita de un club castizo de ceramistas de la noble villa de Aledo. A doña Agripina en el momento preciso de levantarse para besar a su sobrino Tiberio, se le rompió el collar de perlas cultivadas de Sakaide que significaba la cálida superficie alomada de su espléndido escote. Brincaron las perlas sobre el mantel como brincan y triscan alegres las jóvenes cabritas por los escarpados bad-land de Cagitán. Algunas perlas entraron en contubernio con los guisantes en la tacita del consomé, otras rodaron por el pavimento ajedrezado y las más castas y las más recatadas se alojaron entre las servilletas de lino blanco, la cubertería, los floreros y los vasos. Una perla rebelde chocó contra la panza de una jarra de vinagre leonés; en su acrobático salto de pulga fugitiva, fue a caer con desvergonzado desparpajo en la cucharilla del abuelo del novio en el momento preciso en que el viejete iba a engullir su dosis diaria de bromuro para acallar los aullidos de una lascivia viagresamente recidiva que lo había dejado en los puros huesos. A don Fidel Monje Bazán, que lucía un esmoquin de color gris perla moteado de estrellitas de purpurina, se le descosieron treinta centímetros lineales de la costura trasera cuando se agachó a recoger las perlas díscolas y saltarinas de la señora Agripina Ticia Quimera.
-¡Dios mío, que tragedia! -clamó Circe Jasón, tapándose la cara con los extremos de su velo de organgil- ¡Que traigan hilo y aguja...!
Todo estaba atado y bien atado. Un extraño maleficio gafaba la fiesta. Sólo el padrino, Tiberio Bacante, conocía el código secreto de aquel Niágara de infortunios. Solamente él manejaba las supremas leyes del equilibrio inestable y de la armonía cósmica. Sabía muy bien que todos los días de todos sus cumpleaños habían estado marcados por la tragedia. Hay constancia, bien documentada, de que, cuando Circe Jasón y su novio Fidel ofrecieron a Tiberio el honor de ser padrino de la boda, él les previno con toda nobleza:
-Acepto, si aceptáis cambiar la fecha.
Circe y Fidel, impacientes por desbrozar la vereda del tálamo soñado, celebraron la ocurrencia con una carcajada unánime. No creían en supersticiones ni encantamientos. Ahora, acongojados por la realidad cruel, cayeron en la cuenta de su craso error. Ya era tarde para desfacer los entuertos pasados, mas no era tarde, ni mucho menos, para los quebrantos venideros. Finalizado el banquete sin luz, sin música y sin baile, los invitados formaron una fila india frente a la mesa de la presidencia para despedirse de Circe, del fiscal y de toda su progenie. Sobre la pared de la mesa principal un grafito de azulete, diseñado por don Néstor, plagiador cervantino sin escrúpulos, exaltaba la bondad y el sentir de la casa: "Salones Medea, archivo de cortesía".
Era imposible adivinar con qué voces de cumplido tendrían que manifestarse aquella noche los invitados al despedirse. Según el protocolo, y habida cuenta de los incidentes del banquete y del templo de Alhazar, era imposible ser sincero con los novios, con sus padres, con los padrinos y con sus ascendientes hasta la quinta generación. Un mirlo cartesiano de alas negras y pico corvo había turbado la lucidez de los invitados con el picotazo hediondo de esta duda: "¿Hay que dar el pésame o la enhorabuena a los novios?"
-Lo siento, Circe -gimieron hipócritamente a la novia las vecinas.
-Enhorabuena, usía. -mintieron otros a Fidel Monje con retintín.
-A otra vez será peor -se congraciaban los más con sádica risa.
En la mesa presidencial había quedado vacía la silla de don Juan Peña. El cura de Alhazar no pudo asistir al convite. Y no por culpa ni de la edad ni de aquella úlcera gástrica imaginaria con que camelaba a su cocinera y ama de llaves para sacar tajada de su arte culinario. Las torrenciales aguas de la tormenta de agua y granizo no sólo habían inundado la casa del señor cura y se habían llevado el becerro de las behetrias, joya del archivo parroquial, sino que, en su loco desvarío, habían arrastrado en su caudal a la provecta ama de llaves, Mesalina Tisbe Sibila. Mesalina Tisbe fue hallada sana y salva, aunque plurimagullada, por los voluntarios de la Cruz Roja cerca del pantano de Bigastro, a varias leguas de Alhazar. La tal Mesalina, después de agotar sus rezos invocando la ayuda celestial, había conseguido abrazarse a un tronco de una palmera solitaria que se movía como cien mil nidos de oropéndolas en mitad del ramblazo. No hay mal que por bien no venga. Mesalina, que había perdido en la travesía la camándula de huesos de aceituna para rezar un rosario de avemarías de los misterios dolorosos, gracias a los dátiles maduros que, sacudidos por la piedad del viento, caían con desgana, uno tras otro, como las preces del rosario, sobre la corriente amazónica del río.
-¡ Gracias a Dios! -exclamó al ser liberada.
-¿Gracias a Dios? ¡Gracias a la palmera, señora, que la intención de Dios bien clara estaba! -corrigió el agnóstico sargento de la guardia civil que dirigía la brigada de rescate.
(Imperdonable omisión sería, para este torpe cronista y amanuense de tres al cuarto, no dejar constancia escrita de la voluntad de don Juan Peña Verín de acompañar a los novios al convite y de bendecir los alimentos que iban a tomar los invitados en previsión de complicaciones estomacales. Dos aguerridos parroquianos, calzados con polainas de caucho, se ofrecieron a llevarlo hasta los Salones Medea en unas parihuelas de cañaheja y bejucos, conservadas como oro en paño en las atarazanas municipales desde los tiempos del cólera morbo. El cura declinó tanta cortesía filipesca, recelando, como recelaba, del desenlace fatal de su casta ama de llaves. Gracias a la Cruz Roja, que no a la otra, las aguas siguieron su cauce y Mesalina pidió a su amo la gracia de un Tedéum de acción de gracias a cambio de un plato de olla gitana con su calabaza, sus judías verdes, sus garbanzos de Fuentesaúco, su morcillita abaranera y sus sabrosas patatas de la Fuente Librilla, todo ello aliñado con la gracia y con el caldo que segrega un buen zancarrón de cochino, sin desviarse ni un ápice, como es obvio, de las admoniciones tal vez un poco severas del segundo concilio de Nicea.)
La noche estaba metida en agua. La oscuridad, fuera de "La Icterina", estaba henchida de embrujamiento, como si el alma en pena de Giuseppe M. della Francesca vagara sin rumbo entre las almenas desdentadas del torreón como una pordiosera, mendigando preces indulgencias que redujeran los días de su estancia en el seno de Abraham o en el purgatorio. Los invitados a la boda, sorteando lodazales, echando pestes y mascullando desencantos, se encaminaron hacia los sombrajos para coger los coches y regresar al pueblo. ¡Vano intento! Todos los vehículos, incluido el blanquísimo Rolls-Royce de los flamantes novios, alquilado a una tarifa mayor que la del organista sordo, tenían las cuatro ruedas pinchadas. (Nunca pudo saberse con certeza metafísica quién había sido el autor, el inductor, el encubridor, el cómplice o testigo mudo de tan descomunal estropicio. Las lenguas de doble filo lo atribuyeron al despacho de un pretendiente que antaño tubo la recién casada, un subteniente de Caballería, llamado Saturno Quirón, descendiente de un alcalde republicano que tuvo Castrillo del Mar a principios de siglo. Este extremo nunca pudo probarse con testimonios fiables, porque, al día siguiente de la boda, el cuerpo sin vida de don Saturno apareció colgado en un armario del archivo secreto de la fiscalía de la Audiencia Provincial junto a un rimero de sumarios totalmente ajeno al óbito del subteniente. El cadáver fue hallado in puris naturalibus por la mujer encargada de limpiar la justicia, la cual, en un gesto de honor sin precedentes, más tarde premiado con la medalla de bronce de San Raimundo de Peñafort, cubrió sus partes pudendas con la toga de la Sala Segunda de la Audiencia. Los mozos de Alhazar, en un insolente romance de cobardía, tuvieron a bien ultrajar el nombre y la memoria de don Saturno Quirón, no sólo por haber puesto fin a su vida por un desamor incierto y vidual, sino por haber quebrantado la sacrosanta tradición castrense según la cual los buenos suicidas de la milicia deben salir gallardamente de este cochino mundo con las salvas triunfales de doce disparos en la sien con el arma reglamentaria. "Saturno Quirón fue un chapucero toda su vida", comentó fuera de las actas el magistrado togado de la zona militar cuando se personó con sus corchetes en la fiscalía para proceder al levantamiento del cadáver.)
Los invitados a la boda, abrumados por tanta desgracia, regresaron al pueblo chapoteando por un barrizal que habría dejado en pañales a los meandros de Aznalcóllar. El corazón de Tiberio estaba abatido, torturado por un ácido sentimiento de culpa que le corroía y le alborotaba las neuronas. Al despedirse de su prima Circe y de Fidel les dijo:
-Lo siento, prima; lo siento, Fidel. No hace falta decir que me siento culpable de lo sucedido. Por favor, no durmáis juntos esta noche. Hacedme ese último favor. Sabed que aún nos encontramos en treinta de septiembre. El cenizo róeme los zancajos. Recordad que hay más días que longanizas y tiempo habréis para holgar a vuestras anchas y aun recelo que, con el correr del tiempo, habréislo de tener en desuso.
¿Quién que tuviera sus luces completas podía, a estas alturas de la feria nupcial, tomar a broma la premonición tiberiana? Los novios pasaron su noche de bodas en un hotel sin estrellas de Sangonera de Arriba como dos castísimos hermanos. La propia confesión departe nos libera de ulterior glosa: "Fue una noche eviterna -anotó con expresión cursi y letras de sangre don Fidel Monje, en sus memorias recientemente publicadas-; una noche preñada de turbios pensamientos, de pesadillas; una noche transida del amargo sabor de la soledad de dos en compañía. La inhibición concupiscente nos apelmazó las horas; un insomnio cruel ralentizó el tic-tac del minutero. El recuerdo de Tiberio sobrevolaba la alcoba lo mismo que un pajarraco de mal agüero".
Al señor Fiscal Jefe de la Audiencia Provincial, virgen y mártir, se le fue la noche en arriar la bandera de su virilidad con la energía de un galeote fenicio. Circe Jasón, su esposa, quiso apagar su furor uterino devolviendo a Cupido las flechas obtusas y desdentadas y echando por su boca culebras y sapos contra Eros y contra los padres de Eros , Zeus y Afrodita. Al día siguiente, Circe Jasón y Fidel Monje, ojerosos, derrengados, desairados por los dioses del amor y hechos una piltrafa por la bellaquería ruin de un padrino cenizo, acudieron a una agencia de viajes para retirar los billetes de avión con destino a la ciudad de Cali. Todo estaba atado y bien atado. Los recién casados tenían el propósito de gozar de quince días de sabrosa luna de miel, aprovechando la invitación de un sobrino carnal de la novia, un tal Telémaco Morta, que explotaba, al sur del departamento de Sucre, uno de los mejores cafetales de toda la República de Colombia.
Su gozo en un pozo. Al salir de la agencia, don Fidel Monje resbaló en el barrillo de la acera, se deslizó hacia el centro de la calzada, quedóse en ella tendido cuan largo era y fue atropellado por un camión cisterna de cuatro ejes del cuerpo de bomberos que se dirigía a todo trapo, por la calle de los Desengañados, a extinguir un incendio que se había iniciado a las cero horas quince minutos del mismo día en una fábrica de extintores del Rincón de Beniscornia. El parte médico, extendido por un traumatólogo eficiente, aunque pésimo gramático, del hospital "Virgen de la Amanecida" decía sin pudor: "Fractura conminuta del hueso sacro. Fractura de radio y cúbito del brazo izquierdo. Herida hinciso contusa en cara exterior de la mano del mismo lado. Erosiones múltiples en dorso de ambas manos (derecha e izquierda). Heridas superficiales en la región occipital (?) y hematomas y arañazos en zigzag en la zona maxilar derecha. Pronóst.: (respectivamente): Grave, menos grave y leve" (sic).
Dos días después de la boda Tiberio Bacante, conocido así mismo como Zumaque, volvió a su puesto de trabajo en el cementerio árabe de Montefrío. Allí, además del oficio de enterrador, ejercía también de pregonero municipal. Antes de ausentarse de Alhazar para volver a sus lares, quiso quedar en paz con los recién casados y con su conciencia. No sin cierta inspiración divina tomó la determinación de encargar un novenario de misas balsámicas y votivas para que la piedad divina restañara las heridas causadas a Circe Jasón y a Fidel Monje y, al propio tiempo, devolviera gozo y sosiego a su corazón afligido. Acudió a la casa rectoral para encargar las nueve misas al cura de Alhazar. Don Juan Peña Verín rechazó el encargo y renunció al estipendio. Sólo dijo:
- Señor Bacante: A otro perro con ese hueso. Bastante tiberio tenemos ya por estos predios. Váyase usted a ejercer su oficio de sepulturero a la serranía de Las Alpujarras. A los que todavía seguimos con vida, déjenos que sigamos viviendo en paz.
Tiberio insistió en su ofrecimiento. Prometió al reverendo doblar el estipendio si accedía a celebrar la manda de las nueve misas votivas. Don Juan Peña Verín, que aún no había acabado su tanda de flagelaciones por su torpeza como conjurador de tormentas, pidió al testarudo padrino que desistiera de su empeño.
- Mejor fuera - advirtióle el cura- que en lugar de misas pidiera usted un exorcismo, pues no es honra de cristianos entrar a la casa de Dios sin antes haber desalojado a Lucifer de la propia.
Y dicho esto, con un gesto iracundo de la mano, el cura párroco de Alhazar ordenó a Tiberio Bacante Caos que se alejara de su presencia. Los humos del padrino, ya sumisos, no tuvieron arrestos para seguir la contienda. Así es que agachó la cabeza e hizo mutis en silencio. Mientras Tiberio avanzaba, cabizbajo y meditabundo, por el pasillo de la casa cural en busca de la calle, a don Juan Peña Verín se le fue de los labios, contra su voluntad, la primera jaculatoria que tuvo a mano:
-¡Manda huevos...!


Autor: Eduardo García Pérez
Seudónimo: "Jara del Villar"
Obra ganadora


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